Saturday, December 09, 2006

Mecawen el amor

Demasiado influenciado por los Osos Amorosos -que reconozco, nadie me obligaba a ver-, mi preadolescencia no fue como la de Macaulay Culkin: un niño de 13 años en albornoz con gafas de sol, saliendo de la piscina con un cubata en la mano y rodeado de chicas Playboy. Así no fue mi vida durante aquellos maravillosos años; en realidad no fueron, para nada, maravillosos. Ni siquiera me crié descalzo en una favela, jugando a fútbol con una pelota hecha con los cordoncillos del salchichón. Fue una etapa de mi vida que la recuerdo con filtro sepia tirando a rosa, nada de lo que pueda sentirme orgulloso.
Yo creía en el amor. Cada romance (y en aquella época prehormonal, eran uno o dos al día, exactamente igual que en la adolescencia, y exactamente igual que ahora) creía que era el definitivo. Con cada una de aquellas niñas me imaginaba mi vida futura en un caserío en la montaña, yo en el porche fumando en pipa, ella sonriendo y haciendo mermelada de frambuesas, y los niños en el jardín jugando con los perros.
Con cada una de ellas me imaginaba cómo sonarían nuestros apellidos en el nombre de nuestros hijos. Si sonaba bien, podía tratarse del amor de mi vida; si sonaba como Martín Marín Posón entonces sabía que aquel tren no era el mío.
O contaba las letras de nuestros nombres, y dependiendo de las letras comunes, daba un porcentaje que medía cuánto el uno estaba echo para el otro. La versión mini del consultorio de la bruja Lola.
Pero con cada uno de mis amores platónicos siempre pasaba lo mismo. Era platónico hasta que mostraba todo lo que sentía por ella, normalmente –y a falta de esemeeses- mediante carta de amor. Y entonces –flups!- mi tontería desaparecía. Ya no me perfumaba por ella, ni me duchaba semanalmente por ella, ni siquiera besaba su foto (donde compartía plano con los otros 40 compañeros de clase) cada noche, antes de acostarme.
Ni siquiera perdí mi fe en el amor aquella vez que con los scouts nos fuimos a una masía del Pirineo. Dejé los scouts de la parroquia a los 14 años, cuando todos (niños y niñas) queríamos jugar al ‘churromediamangamangotero’ para poder tener el mayor contacto físico sin que se notara que queríamos tener contacto físico, y, sin embargo, nos obligaban a jugar a ‘matar’. Paradojas de la Iglesia.
Aquella vez yo tendría unos 12 años. Del 13 al 15 de febrero de 1994. San Valentín de por medio. A mí me tocó dormir en la habitación de las niñas por llegar tarde, y porque los monitores eran un poco hijosdeputa, a mi entender en aquella época. Ahora no pensaría lo mismo.
A mis amigos de 12 años también les pasaba lo mismo que a mi y, por supuesto, ellos estaban enamorados de las amigas de la niña que me gustaba a mi, que dormían en la habitación contigua a la suya, es decir, en la mía.
Teníamos que decirles cuánto las amábamos. Tenían que saber que si fuéramos Colón, navegaríamos día y noche hasta llegar a su corazón. Necesitábamos saber si sus madres eran pasteleras, porque aquel bombón... Al más puro estilo Álex Ubago, vaya.
Les escribimos tres cartas, una para cada una, aunque en las tres venían a decir lo mismo. No en sabíem més, teníem 12 anys.
“Que no hay güevos”. Como he dicho, aquella época la recuerdo en rosa, que junto a las J.Hayber con una delgada línea color salmón que mi madre me había comprado por Navidad, no veía el momento de mostrar mi hombría.
“Si vosotros se la dais, yo se la doy”.
Malditos hijosdeputa. Al final fui yo el único que le metió la carta en la mochila. Mi plan era que la leyera relajada, cuando llegara a casa, mientras se bañaba, rodeada de espuma, con velas alrededor.
Al día siguiente la carta estaba rota en el jardín, al lado de la canasta de baloncesto.
“Dios, si existes, haz que no la haya leído nadie”.
Dios existe, y es otro hijodeputa compinchado con los monitores y mis compañeros.
Ya no sentía nada por aquella chica, ya le había dicho todo lo que tenía que decirle por carta, y me hubiese ahorrado un disgusto si hubiera hecho unos flyers y los de ‘España Directo’ hubieran venido a grabar mi declaración de amor.
Pero ya era demasiado tarde.
Y después de Porky's todo cambió.

5 comments:

Anonymous said...

Como siempre, genial!

Anonymous said...

Me has hecho sonreir...

El amor es así querido..así de fácil..así de duro...Queremos lo que no tenemos..cuando lo tenemos no lo queremos...cuando soltamos lo que sentimos..ya no queremos más...

Saludos

srta desconocida said...

Lo de las cartas no era mala forma de declararse, en mi colegio era más habitual lanzar piedrecillas a la cara de la amada para que ésta corriese tras él por el patio; aunque no con intenciones muy románticas(supongo que así se hacían la ilusión de que los perseguíamos locas de amor)
Y por cierto, tenía esas j.hayber con el ribete salmón, y las odiaba mucho, muchísimo

localis said...

el amor de mi vida me conquisto con cartaas y despues de 10 años me busco por medio de otra carta, estabamos a punto de casarnos pero algo paso y ya estamos separados otra vez aunque ahora lo amo mas que nunca. el es mi amor de adolecencia que nunca voy a olvidar.

sansar said...

"Ni siquiera me crié descalzo en una favela, jugando a fútbol con una pelota hecha con los cordoncillos del salchichón."
Otra frase antológica más para mi colección.