Friday, March 09, 2007

Il Panderino I

Durante algunos meses estuve conviviendo con unos sicilianos. Decir que los franceses huelen mal, las portuguesas tienen bigote y los italianos son unos mafiosos sería caer en los tópicos que tan poco gustan, y que -en este caso- tan bien se adecuan a la realidad. Compartía piso con dos italianos y una chica italiana, además de con sus compatriotas que venían por la tarde a tomar té y a trapichear con panetones y bicicletas. Entre ellos estaba Guido, un siciliano con chaqueta color butano y unas cizallas como las que usaba Roberto Dueñas para cortarse las uñas. Él era el capo. Por sus manos pasaba todo aquel objeto tasable que su familia pudiera vender en el mercado negro de Christiania. Era él quien organizaba las noches de lujuria en Political Science. Si le caías bien, estabas invitado a una copa de limoncello y a un baile con Martina mientras sonaba en la gramola una canción de Celentano. Si le caías mal, y aunque en lugar de encontrar una cabeza de caballo en la cama te encontraras un manillar de bici, sabías lo que aquello significaba, ¿capito?

Como inquilino de excepción de su base de operaciones que era, le caía bien a Guido. Yo le ofrecía embutidos serranos y él, a cambio, me protegía de cualquier cosa que pudiera ocurrirme. Hasta que interferí en sus negocios. Una mañana fría y lluviosa de octubre me dispuse a recorrer los tres kilómetros y dos puentes que me separaban de la universidad con mi bici color azul pastel, cuando me di cuenta de que mi vehículo no estaba donde yo lo había dejado la noche antes. Los muy mascalzonne le habían robado la bici a su enlace con la colonia hispana. Tras comentarle el incidente a mis compañeros de piso e insinuarles que si no aparecía podrían quedarse fuera del negocio de contrabando de jamón, la bicicleta apareció dos días después cerca de la estación del metro con la rueda pinchada, señal inequívoca del malestar que había provocado el incidente dentro de la familia siciliana. Ahora querrían acabar conmigo y tan sólo necesitaban una excusa para no manchar sus conciencias. Y Guido, sabedor de mi vacuidad nocturna provocada por el alcohol, me llevó a un rincón de la cocina, me invitó a una grappa y me dijo:

- Marinni, questa nocce io no vado a la festa. Alessia, la tua compañera de piso, sí que vuole anare. Llévala contigo y fare que se divierta. Ma portala sana y virgen a casa por la matina. Si cualcosa le pasara, las tuas pelotinis caerán al Etna así como sin querere, capisce?
Yo, lo más que pude tartamudear fue:
- Azzurro, il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per me - como queriendo decir: “capito”.

Había encontrado mi punto débil. ¿Cómo iba yo a cuidar de una persona por la noche cuando ni siquiera podía controlarme a mí mismo?

Alessia era una chica de un pueblo pequeño al norte de Sicilia, que era la primera vez que salía de su Italia natal. Una chica tímida y recatada, que descubrió todos los placeres de la vida precisamente la noche en que yo tenía que cuidar de ella. Se me escapó de las manos. Se conoce que aprovechándose de la ausencia del patriarca, la chica se desinhibió y no paró de beber y de morrearse con cualquiera que pasara por su zona de bailoteo. Y yo, en vez de huir, intentaba calmar a Alessia, que ya se había liado con más tíos en una sola noche que Ámbar (anteriormente conocida como Tamara, anteriormente conocida como Prince) en toda su asquerosa vida. Logré acomodarla en un sofá, junto a un danés que, por supuesto, le manoseó hasta los sobacos. Intenté calmarme y tras dos gintonics decidí que lo mejor era llevármela fuera, atarle los tobillos a una piedra, echarla al río y huir a Laponia. Pero ya no estaba. La había dejado en el sofá y ya no estaba. Vafanculo. Ahora sí que la había cagado. Eran las 6 de la mañana, había perdido a Alessia y, como consecuencia, también mis huevos. Intenté escapar, pero los matones de Guido me esperaban. Me cogieron y me llevaron a ver al capo.

- Ma qué cazzo? Dove é Alessia?
- Je ne ce’ pa.
- Vafanculo, Marinni. Sabes lo que questo significa? Que te voy a tallare las pelotini y me voy a faccere unos tagliarini a la bolognesa. Dove son las cizallas?
Nos dirigimos a mi casa para procesar la operación quirúrgica, y ya pensando en con qué rotulador pintarme un escroto ficticio en la zona amputada, giré la llave, abrí la puerta, y allí estaba ella, Alessia, con la cara lavada, algo resacosa, comiéndose mis cereales chocolateados.

Y así, gracias a los golpes de suerte con los que a veces te sorprende la vida, es como aún a día de hoy puedo dar las gracias por conservar mis pelotas.

5 comments:

Mata said...

Tus pelotas están cargadas de talento para escribir y expresarte. Me ha encantado. Sigue así bambino, ok?

David said...

Pagaría por escribir la mitad de bien que tú.

Por cierto, la historia de la chica me recuerda mucho a "Pulp Fiction".

Escribe más a menudo, ¡por favor! (aunque imagino que no será nada fácil).

Un saludo.
David.

Anonymous said...

Oye, recuerdas cuando hace casi un año hablabas de os de "de este agua no beberé" y mencionabas a Bunbury y a Héroes??
Pues lo has clavao tío.
Ah, hace tiempo que te leo, y el blog me gusta.
De momento me mantengo en el anonimato [que hoy no tengo ganas de dar la cara]

Anonymous said...

Hay que entenderle. Necesitará financiarse otro cargamento de farlopa.

Anonymous said...

Jaja! me he topado con este post por casualidad y me ha encantado. ¡Muy bien!