Saturday, April 21, 2007

Why

Veinte años aprendiendo inglés - my taylor is reach and my mother’s on the desk- y luego resulta que la acción de la serie House no tiene lugar en una inmobiliaria. Por mucho fanatismo que provoque la serie, tampoco es para tanto; por lo general, las tramas siguen siempre el mismo patrón: una persona -normalmente un niño o un discapacitado- que va al hospital porque le duele el costado, le dan unos gelocatiles, se le complica el asunto, 30 segundos de publicidad, le diagnostican una inmunodeficiencia patoclástica adquirida, le meten en la máquina del escáner para joder al espectador claustrofóbico, el negro o el rubito la cagan, 24 minutos de publicidad, el tipo está a punto de morir, caen en la cuenta de que es alérgico al bizcocho de manteca, le dan una sal de frutas y, al final, resulta que tenía gases y se salva.

Tampoco nos quejaremos ahora de la calidad de los guiones de House, pues en este blog siempre se ha seguido el mismo patrón y nadie nunca ha dicho nada: anécdota, metáfora y moraleja. Y sin publicidad, señora.

Aparte del morbo que pueda provocar la directora del hospital, lo bueno que tiene House es que el doctor encarnado por Hugh Laurie -un actor que, de no ser por la serie, (no) hubiera sido recordado por Stuart Little- intenta siempre llegar hasta el quid de la cuestión, aunque sea a base de pulirse el presupuesto del hospital en pruebas médicas para un tío al que justo salir del hospital le caerá un piano de cola encima.

Que la sanidad pública va mal se entiende, pero que me receten tetrazepam (un relajante muscular que provoca fuerte adicción) a los dos minutos de auscultarme por tener un dolor en el tórax, pues no tanto. Porque yo controlo y tal, y me estoy quitando, pero no todos tienen la misma fuerza mental que un servidor; porque así empezó Bunbury, con una receta mal dada por un dolorcillo, y ahora no hay componente de Héroes del Silencio que lo aguante en pie sobre un escenario.

Solemos quedarnos en lo superficial y no ahondar en el problema. Quitarse la costra es fácil e incluso –si la usas para ensalada- reconfortante, pero meter las pinzas en la llaga y ver supurar fluidos viscosos acostumbra a hacer más daño. Explico la metáfora, que desde lo de las pastillas estoy que no regulo mi flora cerebral: es mucho más práctico montar un par de centrales nucleares que no investigar en fuentes de energía alternativa. O es suficientemente ético declarar una semana de luto por la escabechina que hizo el enfermo mental en la universidad de Virginia en lugar de replantearse la ley que regula las licencias de armas.

A Zapatero ya le fue bien nuestro hábito de limpiar los muebles sin quitar los libros. En lugar de preguntarnos por qué siguen subiendo el precio de los pisos o por qué tarda tanto la paz en el País Vasco, nos reímos durante quince días de él porque no sabía que el precio de un café varía dependiendo de si es descafeinado de sobre o de máquina.

Y aquí viene la moraleja: son tres las cosas más importantes que he aprendido durante mi formación científica: siempre que un experimento no dé el resultado esperado hay que trampear los datos, nunca pruebes la mayonesa directamente de la batidora sin haberla desenchufado antes y, la otra, que siempre, siempre, siempre hay que preguntarse el porqué de las cosas.

1 comment:

osiris said...

http://curiosoperoinutil.com/2006/12/01/un-capitulo-cualquiera-de-house/

Total, nunca es lupus...