Sunday, September 02, 2007

Quetún pampán

Uno, que no pare ninguno (excepcional antítesis)
Anoche me preguntó mi hermana que si Tintín entradito en carnes jugaba en el Barça. Eso, junto al nuevo anunció de atún claro Calvo y a la noticia de que el Terrat estrena Peta Zetas -un programa sobre los años 80 donde uno de los redactores es el autor de ‘los malditos 80’, uno de los blogs que escogí para el libro “A Blog pongo por testigo”- me ha hecho pensar que mi hermana no recuerda ni uno sólo de aquellos pases de Laudrup mirando a Cancún.

Dos, nos movemos los dos (buscando la métrica perfecta)
En cierto modo, mi hermana ha tenido una infancia más correcta -que no más feliz- que aquellos que vivimos la época en que para declararte a la chica más guapa de P-5 cantabas una canción de Tenesse con todos tus colegas haciéndote los coros. Si eras gay (por aquel entonces, marica) y tu madre tenía unos abanicos XL colgados en el recibidor, entonces eras la reinona de primaria, lo que implicaba ponerte siempre de portero en la hora del recreo.

Tres, lo mismo pero al revés (omsim ol)
Aún conservo con cariño moratones en mi muslos de aquellos partidos de fútbol 40 contra 40, con 5 porteros (porteros-delanteros, por descontado), con una pelota de plástico verde diseñada con la más alta tecnología alemana del momento para darle el punto de ahuevamiento perfecto que hacía que cuanto más fuerte chutaras más se desviara el balón. Todo el balón en sí estaba elaborado por maestros artesanos que traspasaban su experiencia de padres a hijos y que sabían la cantidad exacta de plástico que debían inyectar para que cuando el balón se chutara, sonara hueco al 100% (scuuumm…). Si el balón era completamente esférico y no seguía el modelo elipsoide del globo terráqueo, esa pelota no servía; si pintaban los hexágonos perfectos, borraban y volvían a pintar hasta que los hexágonos no encajaran; si el pitorrillo no sabresalía el standard de 3 mm para que dejara la cara marcada, el balón a la basura; si la rejilla que protegía la pelota era fácil de sacar, el balón no era digno de salir a la venta. High-tech a nuestro servicio. Eso eran los 80.

Cuatro, me voy de bareta un rato (poesía contestataria)
Esa tecnología también estaba presente en la alimentación. ¿Cómo sino iban a poder hacer mortadela con la cara de Micky Mouse? ¿O de dónde iban a extraer ese colorante rosa chillón que utilizaban para el bollito de la Pantera Rosa? ¿Y los sabores del Tang y de los polines Flash de a duro? Todos esos colorantes y conservantes comprados a precio de ganga en Chernobil por el gobierno de González nos ha pudrido de tal manera el cerebro que en la actualidad nos cobran 1.500 euros por el alquiler y nos pagan 900 por un trabajo de mierda y nos parece estupendísimo. Por desgracia para nosotros, las generaciones venideras se alimentan de Actimeles y Biofrutas, con lo que para ellos –y no para nosotros- será la gloria.

Cinco, bailo y brinco (por el culo…)
Puede que la alimentación no nos ayudara a luchar por nuestra supervivencia, pero quizás nuestra generación aún no esté extinguida gracias a esa capacidad de esquivar los problemas que nos dio el Monkey Island. Las luchas verbales de Guybrush Threpwood contra Elaine me han sacado de muchos apuros a lo largo de mi vida. Un 'tú eres cola, yo pegamento' en el momento oportuno te puede salvar de una buena paliza. Los que jugamos al Monkey Island somos optimistas porque si la vida se nos pone muy cuesta arriba, sabemos que se le puede dar al F10 y cargar una partida anteriormente guardada (siempre que hayamos guardado la partida anteriormente). Y si las cosas se ponen muy muy feas, hay que saber también que con 100 anillas te dan una vida extra. Al menos en la Sega Master System.

Seis, no me veis (el que va ciego eres tú, Chimo)
Optimistas también lo somos gracias a tipos como Will Smith, un tío marginal que al final sale adelante en un mundo lleno de gente rica y poderosa. Wow. Como la vida misma. Yo personalmente me sentí muy reconocido cuando salí del Prat –ciudad sin ley, pero con montañas de farlopa- y me fui a vivir a un adosado en la playa de Castelldefels.
Las ganas de vivir de Michael J. Fox también han dado fuerza a toda una generación. Queremos vivir el presente, y por nada del mundo queremos viajar al futuro en un trasto (que es un coche viejo, Doc, coño) culpable del parkinson y de la baja estatura de Michael.

Siete, que nadie se siente (incursión en la poesía golpestadista)
Otras enfermedades muy comunes entre los que rondamos los 25, como el rechazo total por parte del género femenino o la drogodependencia, se deben a la manera en que empleábamos nuestro tiempo libre: coleccionábamos chinitos de la suerte dejando nuestro futuro en manos de lo místico, practicábamos la postura del perrito pero con el yoyó, en el campo jugábamos a pichi, tunéabamos las peonzas con chinchetas, jugábamos a las canicas –chivas, pie (o medio pie), tute, matute, (retute), guá- o nos pegábamos fostiones con manos locas hechas también siguiendo normas estrictas de calidad propias de la URSS. Una mano loca estaba hecha sola y exclusivamente para pegarla a la pared tres veces. Después se llenaba de pelos y pelusilla, la lavabas, pero ya no pegaba igual. Todo estaba estudiado al dedillo. Nos educaron para practicar el consumismo atroz.
El sistema consumista también provocó nuestra obsesión por los botones, que ha derivado a nuestra obsesión por apretar pezones, clítoris y puntos g: las Reebok de Pump tenían un botón para hincharlas –algo que nadie jamás consiguió-, el Exin-basket se basaba en apretar botones, igual que el Tragabolas, y la mejor distracción que nunca tuve fue aquel mono colgando de unas anillas que apretando los botones laterales, daba volteretas. Este vicio pulsátil nos llevó al dominio absoluto del mando a distancia y, por consiguiente, del teletexto -precursor de todo este tinglado de internet-. En la tele descubrimos a Jesús Gil metido en un jacuzzi y, como consecuencia, a las mamachicho y al fútbol televisado. El fútbol, la tele. La tele, el fútbol. Almas complementarias. ¿Quién no perdió un par de dientes emulando la catapulta infernal de los gemelos Derrick? Yo sí. Tres.

Ocho, me voy de baretas (y a tomapolculo rimas)
Aparte de Oliver y Benji, la tele era nuestro Dios, nuestra salvación. Nos críamos con la tele. Podría decirse que la tele fue nuestra Supernanny. Descubrimos la pederastia con Don Pimpón. Conocimos la traición a través de la tele, cuando cambiaron a Espinete por una cosa amarilla con la napia de Mike Thyson que se llamaba Yupi. Tuvimos nuestras primeras excitaciones con Xuxa. Descubrimos las diferentes clases sociales con los Fraguel Rock: primero estaban los fraguel, los enrollaos que se ponían de éxtasis (representado por construcciones de metacrilato) hasta las cejas; luego estaban los curries, los currantes; los trolls, que eran los malos; y la montaña de basura.

Estoy seguro que todos los de mi generación han crecido queriendo ser fraguel, pero que muchos –por el momento- sólo son curries. Haciendo gala del optimismo que nos caracteriza a los jugadores de Monkey Island, puedo decir que podría ser peor: conozco a muchos que finalmente se han convertido en montañas de basura.